sábado, 5 de julio de 2014

Brasil en el chalet [2006]

No soy muy amigo de las vacaciones “para desconectar”, pero este verano estaba siendo demasiado intenso. Así que cuando me ofrecieron las llaves de esa casa perdida en un terreno enorme lleno de árboles a sólo una hora de Madrid no me lo pensé. Unos días para dormir, descansar y tomar el sol desnudo en mitad de la naturaleza. Sin móvil, sin internet, sin reuniones ni nada demasiado exigente. Sin chicas, eso sí. Sin sexo con otras personas a parte de mí mismo. Pero bueno, una nueva experiencia...

Cuando ya llevaba tres días sólo estaba muy relajado y a gusto, pero empecé a echar de menos algo de conversación. Mi piel es muy blanca, y ya me había quemado pese al factor 32. A los diez minutos de encender el teléfono me llamaron Gabriela y Eduardo. Gabriela es una escort brasileña de 22 años a la que ya le había hecho un par de sesiones de fotos. Edu es su marido. Dos años mayor, un monitor de gimnasio también brasileño, moreno y muy simpático. Una pareja divertida y muy guapa, sin duda alguna. Ella cobra 400 euros por una hora de sexo, y se alquila en las mejores agencias a través de catálogos fotográficos. Con mis fotos. Aluciné cuando me lo contó, yo desconocía ese mundillo. Con ellos siempre habían sido sesiones de fotos repletas de risas y provocación, pero nada más. Casualmente me llamaban porque buscaban unas fotos nuevas, esta vez en exteriores. Gabriela quería unas fotos rodeada de árboles, su cuerpo bronceado y brillante al sol de agosto. Tremenda coincidencia.

Al día siguiente a las doce de la mañana ya estábamos en plena sesión de fotos. Ella lucía preciosa. Más rubia de pelo y más morena de piel que nunca. Después de dos meses en Brasil, la marca de su bikini era un poco exagerada. Pero eso a algunos nos gusta. Nos pone. Se había traido todo un muestrario de trajes de baño, bikinis, monokinis, trikinis, tangas y complementos. Verla bajo la ducha entre dos árboles era todo un espectáculo. Hicimos varias series de fotos conjuntas, ella con su marido, y la tarde entera nos la pasamos con desnudos integrales de ella. Nunca duran tanto las sesiones, pero a gusto y con amigos el tiempo se pasa volando. Me tocó tragar saliva un par de veces, concetrarme para ser un buen profesional mientras Edu y yo vaciábamos media botella de aceite por sus piernas. A mí me tocó la parte de atrás, y sufrí masajeando sus piernas esculpidas por horas de aerobic y su culo grande y duro, brasileño… curvilíneo, de cadera excesivamente ancha y cintura demasiado estrecha…

Cuando volvimos al chalet eran casi las 9. El día había sido cansado y divertido, yo tenía los hombros totalmente rojos y las piernas cargadas. Les ofrecí quedarse a dormir. Había habitaciones de sobra y supuse que no les apetecería conducir hasta Madrid. Aceptaron entusiasmados, y nos dimos una ducha antes de la cena. Su conversación era muy agradable, así que se presentaba una velada entretenida. Él se dedicó a la barbacoa mientras yo preparaba una barbaridad de mojitos. Servimos la comida en la parte de atrás del chalet, y con el alcohol estábamos muy animados. Me encantan las noches de verano en el campo. Me encanta ese olor a naturaleza. Buena compañía, buena comida, muy buena bebida y la sensación de que las horas pasan a toda velocidad. Con los helados a ella le apeteció un porrito, y entre calada y calada me contaban anécdotas de su trabajo. Sí, efectivamente. Curiosidades sexuales de gente rica e influyente. Las fantasías de algún político, o las deliciosas perversiones de algún empresario. Yo sólo escuchaba, estaba fascinado viendo cómo el sexo tenía para ellos dos significados tan distintos. Por un lado era su trabajo. Sí, a veces ella lo pasaba bien trabajando, pero por otro lado el sexo con su marido. tenía un significado absolutamente diferente. Totalmente distinto. Pero yo había entendido mal. En realidad noo había dos significados para el sexo, sino tres. Además del trabajo y del amor también ellos entendían el sexo como diversión pura y dura. Sexo con otras personas. Y me lo explicaba mientras se desnudaba sonriendo.

“¿No te apetece follar ahora?”, fue su pregunta, directa y escueta. Hacía tiempo que no había provocaciones ni bromas sobre el tema. Yo la deseaba, pero no se me había pasado por la cabeza que fueran una pareja tan liberal fuera del trabajo de ella. Institivamente le miré a él, y vi que me sonreía divertido. Me guiñó un ojo que entendí como un “adelante”, y cuando volví a mirarla a ella me estaba quitando el bañador. “Mmmm, buena polla”, me dijo justo antes de metérsela en la boca y empezar la mejor mamada de mi vida. Menuda sensación. Ella arrodillada en la hierba, chupándomela con unas ganas increíbles mientras su marido recogía la mesa y ponía música. Dejó sólo la luz de las velas, era tremendamente sensual ver a Gabriela con sus gruesos labios subir y bajar por mi polla empapada… en el cielo se veían muchísimas estrellas, lejos de la contaminación. En cinco minutos él volvió de la casa totalmente desnudo. Supercachas y totalmente depilado, masturbándose lentamente. Se quedó de pie mirándonos a dos metros, sonriendo y cada vez más excitado. Ya la tenía durísima, más o menos igual de grande que la mía, aunque un pelín más delgada. Pero totalmente depilada. Me pilló de sorpresa cuando se agachó para besar a su preciosa mujer y jugaron sus dos bocas con mi polla. Ya había probado esa sensación antes, dos personas pasandose mi polla de una boca otra, pero eran dos lenguas femeninas las participantes. Seguí disfrutando por un rato, aguantando. Me sentía a punto de explotar, todo había sido muy rápido y totalmente inesperado. Por fin ella se subió sobre la mesa, a cuatro patas, mientras se la chupaba a su marido que la esperaba de pie en la cabecera. Entre el alcohol, la postura de ellos dos y sus cuerpos perfectos, operados y esculpidos en el gimnasio tuve la impresión de estar dentro de una película porno de alto presupuesto. Dudé un segundo si ir con él a la cabecera de la mesa en la que estaba la boca de ella o si dirigirme directamente a la cabecera opuesta. Al final opté por esta zona y empecé a besar su culo y sus piernas, a pasar mi lengua recorriendo desde el clítoris hasta el ano, rápido y fuerte. Ella estaba muy sensible, caliente y empapada. Temblaba cada vez que yo pasaba por allí, se escuchaba un gemido ahogado que salía de su boca ocupada por la polla de su marido. Mmmmm, ella tenía esa mezcla de sabores, mitad de piel recién lavada mitad de jugos íntimos, fruto de su excitación. Junté sus rodillas mientras seguía chupando por detrás, una postura muy difícil para llegar con la lengua a su clítoris, pero que si sale bien y ella se dobla a fondo suele ser increíble, se crea muchísima fricción en su zona más sensible. Efectivamente la escuché gritar y jadear con los ojos cerrados mientras a su marido simplemente le pajeaba, se había sacado su polla de la boca para concentrarse en su propio placer…

En cuanto se recuperó un segundo me miró con una sonrisa preciosa señalándome los condones. Yo seguía excitadísimo. Hacía muchos años que no follaba con una pareja, y siempre hay algo en la situación que multiplica el morbo… No dejé que separa las rodillas, directamente se la metí desde atrás mientras ella hacía presión. Volvió a gritar a la tercera embestida, y es que parecía que su coñito era muy estrecho, aunque estaba generosamente lubricado. Eran gritos de placer, unos gritos exagerados que siempre me ponen muy burro... No había gente en kilómetros a la redonda, y empujado por sus gritos me dejé llevar y me subí yo también de rodillas en la mesa. Ella seguía a cuatro patas, con las rodillas cerradas y yo desde atrás chocaba una y otra vez contra su culo brasileño, generoso en carnes y con una minúscula marca blanca del tanga sobre la piel. Rodeaba su cinturita con mis manos, empujando más y más fuerte sus caderas contra mí. Estaba sudando, moviéndome muy deprisa, embistiéndola muy fuerte, casi poseído. Sus gritos me animaban a no parar, a no decaer, pese a que me empezaba a doler la zona lumbar… “No pares… no pares… dame fuerte…” fueron sus únicas palabras antes de estallar en su segundo orgasmo, mucho más escandaloso del primero. Entre sus gritos y las contracciones de su coño no aguanté ni un minuto más y me corrí yo también, en una embestida aún más fuerte que no hizo sino animarla en su movimiento de caderas, un movimiento que no he conocido nunca en ninguna otra mujer estando a cuatro patas debajo de mí.


Al darse cuenta él me sonrió una vez más. Ella seguía chupándosela, aunque sospecho que la mitad del tiempo no había tenido su polla en la boca. Sudoroso me separé y me quité el preservativo. Todavía desnudo me alejé unos metros hasta la ducha del jardín, sólo de agua fría y me metí debajo del chorro sin titubear. No les veía porque había un seto como separación, pero aún podía escuchar cómo ella gemía. Dejé que el agua fría me lavara bien, limpiara el sudor de mi espalda y el semen de mi polla, y después aún me quedé cinco minutos más, pensando en lo que me acababa de pasar. Estaba con los ojos cerrados cuando me sobresaltó alguien a mi lado, un cuerpo buscando una parte del agua fría. Era Gabriela. Estaba sonriente y tenía dos chorros blancos de semen cruzando su cara. Me miraba y se reía mientras se limpiaba la cara. “Ha sido increíble”, acerté a decir. Su sonrisa derivó en una sonora carcajada nerviosa justo antes de que me abrazara y me empezara a besar bajo la ducha. Estaba guapísima sin maquillaje y con el pelo mojado, y mientras la besaba mis manos instintivamente empezaron a acariciar su culo. Y bajo el agua fría se me empezó a poner dura otra vez, de forma casi inmediata. “Nos vamos a la cama”, me dijo mientras me cogió la polla y me condujo hacia el chalet… “pero no a dormir”. Aunque esa es otra historia, y como sabéis me gusta más contaros el principio que el final…

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