Yo recogía el material mientras ella se cambiaba de ropa. Había sido una sesión de fotos fantástica. Catalina era guapísima, con un cuerpo perfecto y una conversación muy agradable. Y tremendamente elegante. Sensual, capaz de desarmarte con una mirada, un gesto. Lo mejor de ser fotógrafo es la facilidad para conocer gente muy diversa. Catalina era un ama profesional especializada en disciplina inglesa. Un término que yo no había oído nunca hasta dos semanas antes. Se trata de un campo del bdsm en el que se adoptan los roles de institutriz y alumno. Y se caracteriza por los castigos, unos castigos basados en los que se administraban en los internados británicos. Nada más. Nada de sexo. Ella me daba tanta confianza que le comenté de forma muy descortés (perdóname de nuevo, Catalina) que se trataba de una inclinación un poco extraña. Pagar a alguien sólo para representar un teatro y que te castigue. Se sonrió, como la madre que está harta de explicar una y otra vez lo mismo. Me explicó que no, que las sesiones a veces son mágicas, cargadas de morbo y de placer. Aunque esté presente el dolor y no haya nada de sexo. No hace falta. Añadió guiñándome un ojo que era algo que había que probar al menos una vez en la vida. Algo nuevo y diferente. Algo que nunca me había llamado la atención. Es fácil despertar mi curiosidad, y al fin y al cabo no tenía nada que perder. Acepté. Sólo me advirtió de dos cosas: debía ponerme totalmente en sus manos y además me avisó de que me iba a doler. A cambio me aseguró que me iba a encantar. "En mis sesiones nunca hay sexo", me advirtió de nuevo, "pero tú me gustas; así que eso ya lo decidiré después".
Se volvió a vestir como en las primeras fotos, y empezó el juego. Blusa blanca muy entallada, falda negra larga y ajustadísima. Medias negras y zapatos de tacón alto y hebilla en el tobillo. Gafas de pasta. Preciosa. Preciosa y poderosa.
-Ven, ponte de pie frente a mí- me ordenó.
-Voy-.
-Voy, SEÑORA-.
-Voy, SEÑORA- contesté. Dio varias vueltas a mi alrededor, mirándome de arriba a abajo.
-No vas vestido adecuadamente. Quítate la ropa y déjala en ese armario. Después vuelve a ponerte aquí delante-. Obedecí inmediatamente. Volví desnudo, desprotegido. Me excitaba la sensación. Estaba allí, de pie, absolutamente desnudo frente a una mujer totalmente vestida que me miraba intensamente.
-Me encanta tu culo, blanco, fuerte y carnoso. Verás lo rápido que se pone rojo-. Era cierto. Ni me había tocado y hacía mucho tiempo que no me excitaba tanto.
-Apóyate en este taburete, abre las piernas y arquea la espalda-. Se colocó a mi lado, mirándome el culo. Se puso dos guantes largos de terciopelo negro y empezó a acariciármelo con las dos manos, casi a masajearme. Me hacía preguntas constantemente. Buscaba imprecisiones y me corregía siempre que podía. -¿Sabes contar en inglés?-. Asentí. -Sí, señora-, volvió a regañarme. -Cuenta cada palmada, en voz alta". Sin pausa golpeó mi culo con los dedos juntos y rígidos. Un golpe no demasiado fuerte, seco y firme, al que siguieron catorce más. Estaba pegándome, pero me gustaba. Eran golpes fuertes, me dolía el culo; sin embargo la situación era tan sensual que estaba atrapado dentro del juego. Ella tenía razón. Me había ganado.
Para siempre.
Me llevó al despacho, se sentó detrás de su mesa de directora y allí siguió haciéndome preguntas. En mis respuestas mezclaba realidad y juego, y estaba a mil por hora. Me gustaba el juego. Me enseñó varios instrumentos de cuero. Flexibles y sin costuras. Mientras me contaba el uso de cada uno me imaginaba si lo sentiría en mi culo. Me hizo apoyar los codos sobre la preciosa mesa de nogal, y empezó a azotarme con una especie de raqueta pequeña. Cada vez más fuerte. Siempre en el culo, pero cada golpe en una zona diferente. No entendía por qué, pero seguía totalmente empalmado, con mi polla chorreando. Cada golpe picaba más que el anterior, y como me preguntaba cosas entre tanda y tanda, a veces perdía la cuenta. A ella le encantaba que pasara eso. Volvía a golpear desde el principio, sin hacer caso de mi expresión de temor. Y así hasta completar dos tandas de quince. Dolorido y excitado. Dolorido y deseoso de más.
-Es lo que me esperaba. Tienes un culo precioso, y tremendamente sensible- me decía mientras me acariciaba suavemente, chorreando sensualidad contenida. -Está ya bastante rojo-. Notaba un temblor en su voz, estaba pasándolo realmente bien; eso me ponía aún más. -No te preocupes. En dos días se te quitan todas las marcas-, dijo mientras descargaba un golpe más fuerte. Un golpe que me hizo estremecer, que me hizo dar un respingo. Un golpe que me dolió mucho más que los anteriores. Pero ya estaba esperando recibir el siguiente. Ansioso. Anticipándolo. En su despacho me hizo probar otros dos intrumentos. Una especie de cinturón, ancho y muy flexible. Y una vara: su instrumento preferido. -Está siendo una iniciación intensa, así que la vara sólo te la voy a presentar-. Le dije que era suficiente, que entendía muy bien esta inclinación. Me dolía el culo. Me ardía. Pero llevaba casi una hora con un nivel de excitación increíble. -¡Qué descarado! ¡Al rincón!-. Me puso cara a la pared, y me mantuvo inmóvil y en silencio varios minutos. Se acercó por detrás y volvió a acariciarme dulcemente el culo. A masajearme con las dos manos. Lo sentía caliente y sus manos templadas eran como bálsamo para mí. -A cuatro patas en el suelo. Ahora-. Su voz siempre era tranquila, pero autoritaria. No había otra opción que obedecerla. Sentada sobre mi espalda siguió con las caricias. -Lo siento, pero sabes que debo castigar tu insubordinación-. Escuché la vara silbar en el aire antes de estrellarse sonoramente contra mi culo, haciéndome lanzar un gemido ahogado. Mitad dolor mitad excitación. Hasta seis varazos conté. Cada uno más doloroso que el anterior. Me arañaba la piel, notaba el escozor, sentía el latigazo. El dolor se volvió casi insoportable. No estaba seguro de si el juego estaba llegando demasiado lejos. Pero ella parecía que adivinaba mis pensamientos un segundo antes de que fueran míos: -no te preocupes, confía en mí- me susurró calladamente al oido. Tras el sexto golpe de vara puso sus dos manos contra mi carne enrojecida, haciendo presión. En cuanto volví a respirar me invadió una sensación fortísima de bienestar. Mi excitación casi incontenible se multiplicó mientras me acariciaba. -Es por la descarga de endorfinas- me informó, -increíble, ¿verdad?-. Pues sí. Increíble.
Me condujo al cuarto de baño para enseñarme su obra. -No te asustes, eh-, me advirtió antes de verme en el espejo. Tenía todo el culo rojo, un rojo intenso y homogéneo. Con varias marcas producidas por alguno de sus instrumentos, creo que la vara. No me asusté. Me gustó. -Ahora ven a la habitación-. Se sentó al borde de la cama y me hizo tumbarme sobre sus rodillas. Como un niño pequeño, pero desnudo. Mi trasero quedaba justo delante de su cara, en su regazo. -Así suelen empezar mis sesiones, aunque contigo todo ha sido distinto-. Y volvió a azotarme con la mano desnuda. Combinaba azotes fuertes con azotes de menor intensidad, más espaciados o tandas más rápidas. La notaba jadear. Por el esfuerzo. Por el esfuerzo y por la excitación. La notaba a mil, la veía una expresión de placer anticipado, de fantasía contenida. -Era sólo para que lo vieras. Con esto ya conoces lo que suelen ser mis sesiones. Y cuando el alumno es habitual, las historias se multiplican; las posibilidades son ilimitadas-. Ahora ponte de pie de espaldas a mí. Quería ver de cerca cómo me había dejado el culo. Me lo volvió a acariciar, esta vez extendiendo una crema hidratante sobre él. Mi culo estaba ardiendo, y la crema fría, me encantaba la sensación. Ella me lo repartía por toda la piel, con sus manos firmes y fuertes, casi amasando mi carne.
-Abre los brazos- ordenó. Aún no había acabado el juego. Conmigo iba a ir un poco más allá. De mi polla caía un hilillo que llegaba hasta la alfombra. Estaba muy mojado, incluso había dejado un poco manchada su falda. Y excitadísimo. Me puso un libro en cada palma hacia arriba. A los treinta segundos me ordenó darme la vuelta hacia ella. Seguía sentada en la cama, y de improviso se metió mi polla en la boca. Me sujetaba el cuerpo con las manos y me la chupaba, muy poquito a poco. Llevaba más de una hora presa de una calentura inmensa, así que "muy poquito a poco" era demasiado para mí. Se me cayeron los libros, y ella se sacó mi polla de su boca instantáneamente. -Otra vez sobre mis rodillas-, y volvió a azotarme. Dos veces conté quince en voz alta. En inglés. –Coge los libros de nuevo-. De pie, con los brazos abiertos volvió a chupármela. Quería acariciarla, quería coger su cabeza. Quería besarla, quería lamerla... quería follarla más que cualquier otra cosa. Me costó horrores aguantar los libros dos minutos, pero eso hizo que no me corriera demasiado pronto. -De rodillas cara a la pared- me ordenó mientras salía del dormitorio.
-¡Ven a mi despacho!- me gritó un minuto después. Entré, y la vi con la blusa entreabierta y el pelo suelto. Unas bragas negras sobre su escritorio. Preciosa, dejando ver por fin un poco de su generoso pecho. -A cuatro patas. Acércate a este lado de la mesa, al lado de la directora-. Poco a poco fui hacia allí. Excitado, desoso de poder tocarla al fin. Se había quitado la falda, y mientras me acercaba hacía lo mismo con su camisa blanca. Puso una pierna encima de la mesa. -Ahora ya sabes lo que tienes qué hacer-. Claro que lo sabía. Llevaba horas queriendo comerla entera, anhelando saborearla, ilusionado por hacerla gritar de placer. Y vaya si lo hice... Mi lengua no se andó con rodeos. Tres amplios lametones recorriendo su vagina para comprobar lo mojada que estaba. Pero no estaba mojada. Más bien empapada. Chorreando. Incluso había manchado el cuero negro del sillón. Empecé a jugar con su clítoris, empleando mis mejores trucos. Fuertes lametones laterales, rapidísimos contactos de arriba a abajo... cambios de ritmo... sujetando sus labios con los míos para poder golpear más directamente su clítoris con la punta de mi lengua.
En menos de dos minutos gritaba, gemía, jadeaba... no dejaba de mover la pelvis. Me follaba la boca. Literalmente. Pero no paré. No paré hasta sentir en mi boca su segundo orgasmo. Me apartó la cabeza y me susurró: -dame un minuto y ven al dormitorio-. Cuando llegué estaba totalmente desnuda sobre las sábanas, a excepción de las medias y los zapatos negros. De tacón altísimo y hebilla sobre el empeine. Preciosos. Tumbada boca abajo. Preciosa. Los tobillos atados a los pies de la cama. Las piernas abiertas mostrando un culo hambriento. Una mano esposada al cabecero, y la otra con las esposas puestas, esperando ser enganchada al otro extremo del cabecero. -Espósame. Ahora estoy a tu merced. Puedes hacer lo que quieras conmigo. Cualquier cosa. Te lo has ganado. Fóllame. Fóllame cuanto quieras, como quieras. Fóllame bien fuerte. Fóllame toda la noche. Fóllame ahora-.
Sonreí. Tenía el culo rojo por sus severos azotes. Mi polla a punto de explotar por llevar hora y media empalmada. Hinchada y palpitante. Y mi cabeza sobreestimulada por casi dos horas de morbo, de sumisión, de temor y dolor, de placer contenido, de excitación por descubrir algo nuevo y bueno. Así que la esposé a la cama. Y sonreí.
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